Los demonios

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3. 

Siempre he pensado que los cuentos de terror son cuentos de hadas para adultos. Los cuentos de hadas son bellos, pero para el adulto que ya perdió su fascinación infantil pueden resultarle ridículos y aburridos. Sin embargo, esa fascinación que tenía de niño para las cosas fantásticas queda camuflada con una actitud formal  pero impulsada por un deseo oculto de revivir lo fascinante, y de ese modo el terror de lo oscuro, lo misterioso y lo espeluznante, aun cuando fantasioso e irreal, pero aceptable, sustituye a la seducción infantil de los cuentos de hadas. Así los vampiros, los hombres lobo, los monstruos asesinos y sangrientos, las brujas más realistas y poderosas, de magia negra, los muertos vivientes, fantasmas arranca vidas, y los demonios, son ahora la parte que rara vez se les contaba a los niños, a no ser que fuesen modernos y que ahora ya ni eso los asusta. Pero en el subconsciente del ser humano yace ese pavor que tiene algo de ancestral, de los orígenes, cuando el hombre primitivo veía en todo un sentido mágico, oculto, misterioso, pero aterrador porque no sabía como controlarlo y a veces de una manera desconocida le arrebataba la vida. Las religiones y los mitos están llenos de seres tenebrosos, malévolos y destructores. Yo alguna vez, por razones muy personales, que no vienen al caso, renuncié a la religión y a los dioses, acudí a los demonios y nunca me respondió ninguno, ni siquiera cuando les ofrecí mi alma y clamé al más conocido de ellos, el diablo, Satán, o como lo llamen. No acudió, y me decepcionó tanto que pensé: “...es lógico, si no respondió el poderoso y amoroso Dios, porque es solo una creencia humana, tampoco va a responder su contraparte. Y concluí, sí que estoy jodido...”  Y ahí caí en la cuenta: claro, los dioses, sea uno o muchos son el cuento de hadas de los seres humanos, y los demonios son los personajes  de cuentos de terror  e historias de exorcismos, así como de tus pesadillas...

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Estaba en estas reflexiones cuando de pronto me di cuenta que caminaba por un paraje que para mi sorpresa era irreal. Me pellizqué y no, no desperté, sentí el dolor y pensé: “Vaya, pues es real, no estoy soñando. Bueno, lo que pasa es que está muy oscuro y eso le da a este lugar esta ilusión de fantasmagórico. Vean eso, hasta neblina hay y se está haciendo más densa. Pero, ¿cómo llegué aquí? Eso sí es raro, no recuerdo...”  Mientras repasaba estas ideas en mi mente, había seguido caminando, y la oscuridad se hacía más y más intensa, de hecho no veía nada. Me detuve. –“¿Cómo seguir si no veo nada?” Era como estar flotando en las tinieblas, no veía nada a mi alrededor, ni atrás ni adelante, ni a izquierda ni a derecha, ni arriba ni abajo, solo oscuridad, pero podía sentir esa niebla que pude distinguir antes,  ahora pegajosa, como el aliento de una bestia invisible, etérea, y  lista a saltar desde la nada. De pronto, un escalofrío me erizó la piel, la sensación de algo ahí, que me rodeaba, me estremeció, algo silencioso, desconocido. Sentí un deseo incontenible de correr, pero ¿hacia dónde? Hacia atrás, por donde venía, sólo era dar media vuelta y correr, correr tan rápido como fuera posible. No era un sueño, no podía volar, como otras veces. Porque incluso en ese momento estaba petrificado presa de un terror irracional. Y sentí la presencia más y  más cerca... “¡No veo nada! Y ni siquiera puedo gritar...” 
 
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Súbitamente, en medio de las tinieblas sentí una veintena de manos que intentaban sujetarme y arrastrarme no sé a dónde. Sentí un centenar de dedos que buscaban tocarme, como una multitud de patas de arañas, moviéndose, moviéndose frenéticamente. ¡Y pude moverme! Pero en lugar de correr como un desquiciado, instintivamente comencé a manotear tratando de evitar que siguieran tocándome. Pero aquellas múltiples manos desconocidas y tenebrosas, que no podía ver pero podía sentir, se volvieron más agresivas. Fui retrocediendo, sin dejar de manotear, pero era prácticamente imposible evitar que me agarraran, y zafándome de un modo que no sé explicar, pude correr en la oscuridad hacia donde fuera. Sentía que aquellas manos flotaban, pues aun cuando yo corría con todas mis fuerzas, las percibía casi tocándome. De pronto la niebla tenebrosa se despejó y como si saliera de otra dimensión, me vi en medio de una calle que me pareció conocida, detuve mi carrera, pues la sensación de aquellas manos había desaparecido. Giré y vi hacía donde venía y pude percibir en la penumbra de la noche y a la luz ambarina de un farol público, el final de la calle y más allá de ésta una masa densa que me pareció un bosque. El corazón se me salía del pecho. “¡Carajo! ¿Qué fue eso? ¿Cómo llegué aquí?”. Seguí caminando por la calle desierta, tratando de calmarme, y tan ensimismado iba en mis elucubraciones que no supe como llegué a mi casa y cuando acabé de darme cuenta ya estaba acostado en mi cama, tratando de olvidar aquel extraño suceso. Pero algo no estaba bien, estaba en mi cuarto, en mi cama, pero aquella no era una noche como las demás, esa noche tenía algo de terrible. Lo podía percibir en el ambiente... Me quedé un rato sentado, recargado en la enorme almohada, viendo hacia la puerta de la recámara. Estaba oscuro a mi alrededor, pero podía distinguir los muebles, la ventana a mi derecha que se recortaba por una tenue luz que venía del exterior... Sentí un extraño desasosiego. Un miedo que no sentía desde niño, cuando me asomé para curiosear debajo de mi cama y vi unos enormes ojos, como de un gigantesco gato, esa imagen de cuando era niño, me vino a la memoria esta noche, precisamente esta noche. Me dio curiosidad ver debajo de la cama, pero no me atreví. Me quedé quieto, muy quieto, con los ojos fijos en la puerta... Comencé a dormitar, varias imágenes sin sentido pasaban por mis ojos entrecerrados, y repentinamente sentí una presencia junto a mi cama, una sombra, quise abrir los ojos y no pude, quise moverme y no pude, pero sentía como aquel ser o lo que fuera se acercaba hasta mi cara, podía sentir una especie de aliento, de resuello, muy cerca de mi mejilla. Nunca había sentido tal terror, un miedo irracional, hacia algo desconocido y aterrador. Pero no sé de dónde saqué fuerza. No podía invocar a nada. Recordé que no creía ya en Dios, ni en los ángeles, ni en los santos, y volví a pensar -“Estoy jodido”, pero recordé una máxima budista que dice que el miedo, y el dolor son de alguna manera una ilusión, propios del mundo material y la vida humana. Pero, entonces, ¿los demonios sí existen? No, según el budismo son una ilusión un producto de nuestra mente... Y eso me devolvió el coraje. Con la presencia misteriosa ya casi encima de mí, pude mover el brazo  derecho  y con la mano lo toqué... ¡toqué aquel cuerpo, que me pareció hecho de papel, pero muy sólido. Al tocarlo pude abrir los ojos y pude ver una enorme sombra recortada a contraluz delante de la ventana. Pude mover más mi mano y lo aparté de mí, a la vez que le gritaba: -“¡Ya basta!”.  Pude oír mi propia voz que sonó como un sonido gutural, ininteligible pero reconocible, el “¡ya basta!” como un balbuceo, como un gruñido, fue suficiente para despertarme. La sombra se desvaneció ante mis ojos y solo quedó la ventana filtrando la tenue luz que pasaba a través de ella. Eso me desconcertó, porque no hubo transición entre el sueño y el despertar. La ventana del sueño era la misma que estaba ante mis ojos.
 
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Y ahora estaba sentado en mi cama. Mojado con un sudor frió, estaba temblando, con el corazón todavía latiendo desaforado.  Me levanté y fui al baño, como en otros sueños, como en otras pesadillas. Prendí la luz, y me eché agua en la cara.  Recorrí la casa, que es pequeña, me asomé a la calle, y sí todo era real. Me dejé caer en el sofá de la sala y pensé: -“No creo que pueda dormir más esta noche”. Vi el reloj de la sala y marcaba las tres de la mañana. Fui a la cocina y bebí un vaso de agua. Eso ya no era un sueño. Era mi realidad. Era la realidad.  Pero, ¿cuál es la realidad?...

 

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