Persecución
2.
La luz amarillenta de un farol tipo antiguo iluminaba tenuemente la calle oscura. Aquel farol no me era desconocido, parecía como si ya hubiera yo pasado por ahí otras veces. Estaba en la cúspide de un poste negro, de metal, y su luz era tan mortecina y amarillenta que más parecía provenir de una vela que de una bombilla. La calle y las casas de los lados, casas altas de dos o tres pisos, se perdían en las tinieblas, más allá del alcance de la luz del farol. Daban en conjunto, calle y casas, esa sensación de –como dice la gente- “boca de lobo”.
No había nadie, todo era oscuro y silencioso, como una calle fantasma, como un barrio sin vida. Y yo caminaba, hacia la nada, con rumbo al fondo de la calle. No había otra luz, que la de aquel farol que poco a poco iba quedando detrás de mí, inmóvil, como inerte testigo de mi andar solitario. Ningún ruido, sólo el eco de mis pasos, sobre el piso empedrado. El farol quedó atrás, lejos. Todo era tinieblas. Me detuve. No veía el fondo de la calle. Sentí esa sensación de estar de pronto perdido, sin ver nada, sin saber para dónde seguir. De pronto, un hueco entre los densos nubarrones surgió, y un rayo de la luna en menguante rasgó la oscuridad. Pude distinguir una encrucijada y decidí seguir hacia la izquierda. No bien, había dado unos pasos, cuando unas sombras surgieron de los muros y avanzaron hacia mí. El corazón me dio un vuelco y mis latidos comenzaron a acelerarse. Me rodearon y pude distinguir ya de cerca que eran varios hombres. Uno de ellos quedo frente a mí, a escasos dos metros, y con un movimiento decidido sacó una navaja de resorte, que lanzó destellos fulgurantes en mitad de la noche. Traté de pensar rápido, pero estaba paralizado. Sigilosamente, metí la mano al bolsillo de la chaqueta que traía puesta y sentí el frío metal de una pistola. La agarré fuertemente y la saqué, apuntando al tipo aquel que ya avanzaba lentamente hacia mí navaja en mano. Se detuvo, como no esperando que yo tuviera un arma. Aproveché y retrocedí hasta quedar de espalda a una pared. Y pude ver que los demás retrocedían cautelosos. El tipo de la navaja salió de su sorpresa y se abalanzó contra mí, blandiendo la navaja. Disparé. Se detuvo, como si hubiera chocado contra un cristal, y acto seguido cayó al suelo como un fardo. Vi en medio de la penumbra, como un charco de sangre se hacía cada vez más grande enmarcando el cuerpo del sujeto. Otro de ellos, comenzó a caminar despacio, con cautela, calculando sus pasos, mientras sacaba un cuchillo, que a mí me pareció enorme. Disparé otra vez. Pero ahora, el arma no funcionó, mi corazón se congeló del terror. Accioné la pistola una y otra y otra vez, pero el chasquido del percutor resonaba en el silencio de esa calle, sin producir ningún disparo. Como una reacción automática, arrojé la pistola al tipo aquel, que la esquivó, agachándose. Eché a correr tan rápido como pude. Oía detrás de mí cómo un tropel de pasos comenzó a perseguirme. De pronto un disparo sonó en la oscuridad detrás de mí, y casi pude sentir el calor de una bala pasar muy cerca de mi oreja. Me estaban disparando. Ya podía darme por muerto. Aquellos individuos no me perdonarían haber matado a uno de los suyos. Corrí y corrí, hasta ver a lo lejos el farol, la única luz de aquel lugar tan tenebroso. Otro disparo. Y de pronto, todo comenzó a fluir tan pausado que parecía que todo era “en cámara lenta”. Por más esfuerzo que yo hacía no lograba avanzar, y sentí que cada vez estaban más cerca. Con gran desesperación, no lograba llegar al farol, que pareciera fijo en la distancia, como si por más que avanzara, el farol se alejara, como un espejismo en medio de la noche. De pronto, sentí un inmenso deseo de tener alas y volar. Pero mis piernas ni siquiera respondían con la velocidad que yo quisiera. Estuve a punto de entregarme a mi suerte y terminar, pero de pronto, llegué al farol, y solo entonces pude distinguir más allá de mi vista, que un abismo se abría ante mí. Era como si hubiera llegado hasta un acantilado. Una especie de cornisa me cerraba el paso resguardándome de caer. Pero a lo lejos veía un puñado de sombras asesinas acercándose a la carrera hacía mí. Estaba perdido, no había nada que hacer. Pero. Oh, magia inusitada, decidí morir destrozado en el fondo de aquel abismo inmenso, con un mar que se distinguía a la luz de la luna menguante, a lo lejos, muy lejos, al otro lado del abismo. Trepé a la barandilla, miré hacia atrás y ya las sombras estaban a unos metros de distancia. Sonó otro disparo que pasó otra vez cerca y se perdió en la nada. Pensé, mientras me arrojaba hacia el acantilado, “Bendita mala puntería del tirador, que nunca acertó en el blanco”. Y mientras iba cayendo, comencé a flotar y pude darme cuenta que podía volar... Giré y en mi vuelo pude distinguir arriba y a lo lejos, asomadas sobre la barandilla, las sombras terroríficas, que poco a poco se iban haciendo cada vez más diminutas y distantes...
¡Volaba!... Era una sensación indescriptible. Hacia abajo apenas se distinguían las copas de los árboles que formaban una tupida alfombra verde grisácea. También podía distinguir el mar y una delgada franja que suponía una playa. En el horizonte comenzaba a clarear un incipiente amanecer... ¡Había escapado! Estaba a salvo y sin ningún daño. Comencé a descender; los árboles quedaron atrás, así como mi susto. La playa estaba cada vez más cerca y el amanecer se hacía más luminoso. Aterricé. De pronto me di cuenta que no llevaba zapatos. Sentí la arena mullida y fría bajo mis pies. Percibí la presencia de algo detrás de mí. Di media vuelta y descubrí un gran tigre que me miraba fijamente. Di unos pasos hacia atrás. Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda. Pero recordé que podía volar y eché a correr de nuevo... Pero esta vez me lance de clavado hacia el frente, como Superman, con la idea precisa de elevarme. Y, sí, comencé a flotar, pero no me elevaba más de escasos dos metros. ¿Qué ocurría? El sol comenzó a salir en el horizonte, sobre el mar. Y yo intentaba elevarme, incluso bajaba y saltaba impulsándome, pero no subía más de dos metros. Podía ver al tigre casi alcanzándome, y decidí que lo mejor era dirigirse al mar. Así lo hice y pude ver que el tigre se quedaba en la playa. Pero ahora, un nuevo problema me esperaba: ¿cómo iba a regresar? No obstante, eso era lo menos importante; el terror se apoderó de mí cuando me di cuenta que comenzaba a perder altura y caí en las aguas... ¡No había manera de elevarme de nuevo! Me sumergí y vi cómo me iba hundiendo lentamente... Arriba, el reflejo del sol se hacía cada vez más lejano... y otra vez la oscuridad iba envolviendo todo a mi alrededor…
Y no pude más: desperté. Estaba mojado por el sudor. Hice a un lado las sábanas empapadas y me dirigí al baño. Prendí la luz y me vi al espejo... Me eché agua en la cara y pensé: -En verdad que los sueños son tan absurdos... ¿O tienen otra lógica?


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